— ¡Eres imbécil!—le chillé.
—Perdona ¿Cómo has dicho?
Resoplé y me aparté el pelo de la cara.
—Bueno, ahora aparte de imbécil eres sordo. Imbécil y sordo, que gran combinación.
—Oye cálmate, y explícame de que va esto.
—Muy bien. Dame un cigarrillo. — mi voz sonaba acelerada. Encendí el cigarro y me lo llevé a la boca. Hice un gran esfuerzo en no toser a la primera calada ya que era la primera vez que probaba un cigarro. Le dí dos caladas y lo tiré al suelo apagándolo con mi tacón. Entonces volví a decirle: — Dame un cigarrillo.
Él puso los ojos en blanco y volvió a sacar otro cigarro del paquete. Esta vez, le tiré el humo a la cara; le di dos caladas y lo volví a tirar al suelo apagándolo con mi tacón.
“Que asco, por favor. ¿Cómo le podía gustar esto a la gente?”
—Dame otro.
—No. ¿Se puede saber qué estás haciendo? Tú no fumas.
—No te enteras de nada, eh—mi voz tembló con las lágrimas que mis ojos estaban apunto de derramar— Estoy haciendo lo que tú has hecho conmigo. Usarme. Me has saboreado solo cuando a ti te daba la gana y después me lanzabas contra el suelo de asfalto y me pisabas para apagarme. Así una y otra vez. Pero estoy harta sabes, harta de ti y de tus estúpidos juegos.
Puso los ojos en blanco y se dejó apoyar en la pared más cercana. Sus ojos estaban fijos en los míos. Él extendió la mano como una oferta de paz. Yo inhalé un gran trago de aire y por primera vez, me negué ante él.
—Adiós—murmuré caminando hacia la puerta y salí sin siquiera pegarle la última mirada, la última, estaba decidida que sería así. No podía vivir de ilusiones, yo tenia una vida. Mi vida, perfecta hasta que él quiso entrar en ella, o eso pensé. Pero no podía seguir así, lo sabia, tenia que pasar página. Entender que todos esos buenos recuerdos que nublaban mi mente jamás volvieran a estar, quizás algún día tuviera otros; aún mejores.
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